Usain Bolt se despidió con medalla de bronce

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Usain Bolt será, sin duda, uno de los grandes atletas de la historia. Luego de más de una década de grandes logros, se despide de la pista en el Mundial de Ateltismo en Londres.

El jamaicano quedó tercero en su última final de 100 metros con 9,95 segundos. Un tiempo muy lento para los límites que él mismo hizo posibles. Tan lento que apenas se citaba más que en las clasificaciones, y abajo, a todos aquellos atletas que en las finales mundiales u olímpicas de la era Bolt corrían en ese tiempo.

Tan lento que 9,95 segundos sólo valió un bronce en la final de Moscú 2013, que Bolt ganó en 9,77 segundos. Y el campeón, el redimido Justin Gatlin ganó en Londres con 9,92 segundos, un tiempo que tampoco le habría valido de mucho en cualquier final de las últimas décadas.

La final de los 100 metros puede entenderse como la del crepúsculo jamaicano (solo un bronce, Bolt, para la nación dominadora de la década), la resurrección norteamericana (oro y plata, Gatlin y Coleman, para el imperio del norte, algo no visto desde 2001) y el regreso a la lentitud.

El misterio de la rapidez de Bolt

Bolt (1,95 de altura) cubre 100 metros en 41 zancadas mientras el resto necesita entre 43 y 45. Sólo necesita para impulsarse que sus pies contacten 90 centésimas con el tartán mientras algunos rivales sobrepasan el segundo.

Al correr, mantiene su velocidad punta (44,7 km/h) hasta los 70 metros mientras otros empiezan a frenar poco después de los 60 metros. Sus victorias se explicaban por el extraordinario prodigio de su cuerpo, pero había lago más.

“Bolt fue un extraterrestre durante dos años y el resto de su carrera, simplemente, fue el mejor del mundo”, resumía el español Ángel David Rodríguez, rival, desde la distancia, y tenía toda la razón. En cinco de los 10 años de su década gloriosa, Bolt no registró la mejor marca de la temporada e igualmente arrasó.




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